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Titulo: En Miami, bastó que un grupo de argentinos le gritara: "Gato viva Nuls!" para que casi pierda el avión

Nota: Uno de los más importantes músicos que ha dado la prolífica ciudad de Rosario, es sin duda, el saxofonista, compositor y arreglador Leandro "Gato" Barbieri. A partir de 1962 salió a conquistar el mundo, y tras aprobar la severa exigencia del público de jazz, encontró su propio sendero mezclando ritmos latinoamericanos con aquella vieja magia negra, caracterizado por sus lentes y su sombrero.

No resultó extraña la respuesta de un Gato, ya triunfador reconocido, ante la pregunta de si siempre fue la música la cosa más importante de su vida. "No -contestó aplomado-, el fútbol fue lo que más amaba desde chico y sigo amando. La música fue siempre lo más angustiante en mi vida. En fútbol, vos sos parte de un equipo, pero cuando vos sos el líder de una banda, tenés un montón de responsabilidades y una gran presión y yo odio todo aquello que me presione."

Pero cuando de chico corría con habilidad en los potreros, admiraba cracks de su querido Newell's Old Boys, de la talla de Musimessi, Colman, Sobrero, Perucca, Buján y Martino, entre otros y también practicaba el ciclismo en el Parque Independencia, la elección laboral y vocacional recayó en la música, que también tiene sus aspectos lúdicos y catárticos, ayudado por el contexto que lo rodeó.

Leandro Barbieri nació en Rosario, el 28 de noviembre de 1932, hijo de un carpintero y sobrino del saxofonista y clarinetista Mario Barbieri, que se desempeñó en varias orquestas locales y en la de Osvaldo Norton. Su hermano mayor es el trompetista Rubén Barbieri, quien como el Gato estudió música en la Escuela Infancia Desválida de Rosario.

Rubén recordó que "su director era el maestro Alfredo Serafino, quien tenía en el frente de su conservatorio un gran cartel que decía: Escuela de Composición, Piano, Bandoneón, Violín, Bombo Indio, Charango, Dirección orquesta], Instrumentación, Trompeta, Clarinete... y muchas cosas más. No faltaba nada. De do él sabía algo y no era para pasar el rato. Había que estudiar en serio".

Leandro quiso también estudiar la trompeta, pero como la plaza ya estaba ocupada se inclinó por el clarinete. En 1947 se radican en Buenos Aires y pasa a tomar clases particulares con el maestro Ruggiero Lavecchia, padre del recordado pianista y director Buby Lavecchia y docente por excelencia, en su casa de Villa del Parque. Con el tiempo se volcó al saxo alto y tuvo la fortuna de ser uno de los pocos alumnos del profesor francés Alberto Herbier, quien le ayudó a desarrollar la técnica para tocar notas sobre agudas.

Un recuerdo

Su primera incursión jazzística es a través de los Hot Lovers y posteriormente es convocado por la Casablanca Jazz, para reemplazar a Marito Cosentino.

Hugo Pierre es otro de los excelentes profesionales que Rosario dio a la música, compañero y amigo del Gato, compartiendo innumerables jornadas, quien precisó que "cuando lo conocí, el Gato tenía 18 años y ya vivía en la Capital. Yo tenía 14 años y empezaba a dar mis primeros pasos en la carrera y entonces le preguntaba sobre la actividad porteña. Pero Rosario tenía vida propia, con varias escuelas de música y hoy día hasta una facultad. Teodoro Fuchs y Gustavo Beytelman también proceden de allí y son conocidos en Europa. Por entonces se trabajaba mucho, quizá como en ninguna otra ciudad del interior. La ventaja era estar a sólo 300 kilómetros de Buenos Aires y poder escuchar por radio AM en directo los mejores programas de la noche. Había ensayos diarios y audiciones en las emisoras locales y muchos bailes. De todas maneras la Meca era Buenos Aires para progresar en lo económico y contactarse con grupos más populares. Acá sí empecé a trabajar junto al Gato, en orquestas como las de King Serenaders, Panchito Cao, Tony Cefalí, Buby Lavecchia, Pocho Gatti, Lato Schifrin y muchos más. Prácticamente nos veíamos todos los días desde el 55 hasta cuando él se fue. Tuvimos el orgullo, en 1961, cuando Lucio Milena formó la orquesta estable del Canal 13, de tener toda la sección de saxos compuesta por rosarinos... ¡Qué delantera teníamos!, como se decía en términos futboleros por entonces: Arturo Sclineider, Jorge Barone, Pichón Grisiglione, el Gato Barbieri y yo. El Gato primero estaba influido por Lee Konitz y luego se parkerizó, sobre todo cuando tocamos con Lato. Tenía una gran facilidad para adaptarse a los estilos. Mientras yo tuve como referentes a otros altos que venían del swing, el Gato pasó definitivamente al saxo tenor y conoció así a Sonny Rollins y a John Coltrane, sobre todo éste último, tan decisorio en su trayectoria. Guardo un muy buen recuerdo suyo, a pesar que lo dejé de ver cuando se fue de la Argentina. Era un tipo sano, generoso, para nada envidioso, ocurrente. Y cuento algo personal para valorarlo. En los grupos que colaboramos, él tocaba el primer alto y yo el tercero. Siempre le gustó hacer solos, mientras yo me especialicé en ser líder de sección. Un día me dijo: "Hugo, de ahora en más vos a ser el primer alto y yo seré el segundo, porque sos un tipo más tranquilo y yo soy un desbolado". Claro que a su manera porque estaba seguro de lo que tocaba. Es un gesto que no tiene mucha gente, en serio".

Una pasión

Una de las pasiones del Gato eran las jam-sessions y participó con frecuencia de las reuniones que organizaba el Bop Club Argentino, en el auditorio de la Asociación Cristiana de Jóvenes, en la calle Reconquista y en 1954 resultó ganador de las encuestas de la entidad en saxo alto, mientras que el legendario Jorge Bebe Eguía lo hizo en el saxo tenor. Junto a su hermano Rubén fue uno de los fundadores de la Agrupación Nuevo Jazz, que por varios años ofreció sus reuniones en el Instituto de Arte Moderno, de la desaparecida galería Van Riel, en la calle Florida. Con Jorge Navarro, el Negro González, Rodolfo Alchurrón, Néstor Astarita y demás músicos del jazz moderno, protagonizó inolvidables recitales.

También el trompetista Roberto Fats Fernández tiene una cálida evocación de Barbieri: "Yo venía del dixieland y de pronto, como quien dice, me encuentro tocando con Baby López Fürst en piano, Astarita en la batería y el Negro González en el contrabajo, en Jamaica, un boliche muy importante porque marcó un capítulo de la historia del jazz local. Una noche caen Lalo Schifrin y su novia y el Gato Barbieri con la compañera de toda su vida, fallecida no hace mucho tiempo, Michelle. Terminamos un tema y me llama el Gato a su mesa y me propone integrar un quinteto que pensaba formar, casualmente, con la misma sección rítmica. Yo le pregunté, habiendo escuchado a su hermano Rubén en trompeta, que era un fenómeno, por qué me elegía a mí. Y me contestó que porqué yo tenía mucho feeling..., recuerdo que me di vuelta y le pregunté a Baby: "Che, el ñato éste dice que yo tengo mucho feeling. ¿Qué es eso?". Y López Fürst me dijo: "Es sentimiento". No me lo olvido nunca. Y de una reserva fui a una primera. Al Gato lo conocía de cuando hizo un solo de clarinete en El baile de los negritos, con la Casablanca Jazz, y me había llegado mucho. En Jamaica conocí a Astor Piaz-zolla y su quinteto, a Horacio Salgán y Ubaldo de Lío y a otros grandes. En 1962 el Gato se fue a Europa y yo empecé a ensayar en el Sindicato de Músicos con la orquesta de Rodolfo Alchourrón".

Tras un breve paso por el Brasil, donde aprovechó s u estada para tomar contacto con el folclore local, el Gato y su esposa Michelle recalaron en Roma, para permanecer un tiempo bastante largo y trabajar con músicos europeos y norteamericanos, como el caso del guitarrista Jim Hall, a quien había conocido cuando visitó Buenos Aires, en Jamaica, acompañando a la can-tante Ella Fitzgerald. Después vino la relación con el trompetista Don Cherry y la grabación de dos álbumes, vitales y frescos, para el sello Blue Note: Complete Comunion (1965) y Symphony for Improvisers (1966), cuando el free-jazz conmovió con su consigna estética, social y política. Ya su música incorporó el concepto de Tercer Mundo, y en 1971 retornó a Buenos Aires para brindar una serie de conciertos en el teatro Regina, anticipando lo que fue su fórmula revolucionaria. Con Gustavo Kerestezachi en el piano, Adalberto Cevasco en bajo, Pocho Lapouble en batería, Domingo Cura en percusión y el brasileño Naná Vasconcelos en berimbao y percusión, improvisó sobre composiciones de otros autores latinoamericanos y africanos, como el pia-nista Dollar Brand, constituyendo las bases fundacionales de la que fue su etapa más original, creativa y exitosa.

El cine

El cine estuvo siempre ligado con la vida del Gato. Dicha relación comenzó a gestarse en la Argentina, cuando poco antes departir, en 1961, Sergio Mihano-vich lo convocó para intervenir en la banda sonora del filme: Los jóvenes viejos, de Rodolfo Kuhn. Posteriormente las partituras serán de su autoría para películas del realizador brasileño Glauber Rocha y más adelante de los italianos Gianni Amico, Pier Paolo Pasolini y Giuliano Montaldo. Pero la obtención del Premio Grammy 1972 y por ende, la fama mundial, vinieron con su música original para la película último tango en París, de Bernardo Bertolucci, del cual su esposa Michelle fue colaboradora en varios filmes.

"Cuando compongo música para un filme, todo es más confortable -declaró Barbieri- cuando uno improvisa, cada cosa está en tu cabeza. Algunos músicos piensan que improvisar es fácil. Yo creo que es muy dificultoso. Grabar un disco, por ejemplo, es para mí muy abstracto. Un filme es algo para que vos lo veas, por lo tanto es completamente diferente."


El Gato mismo fue a su vez el protagonista de un cortometraje sobre el jazz, realizado por el director romano Gianni Amico y en 1978 volvió a componer para la película Firepower, pero con elementos de fusión más cercanos al funky.

Con negros

Con la base de la improvisación del jazz y los elementos folclóricos argenti-nos y latinoamericanos, a partir de 1973, el capítulo del Tercer Mundo Gato, lo lleva a años de grabaciones continuas, de participación en innumerables festivales, abarcando Europa y el Japón y a la consideración permanente de la crítica especializada, como el caso del español Julio Coll, quien expresara poéticamente que —su sonido es denso, a veces delgado como una llama que arde contra corriente, a punto de extinguirse en un sutil vibrato de saxofón, que es su instrumento. Luego le da vueltas a una breve melodía. La toma y no la suelta hasta achicarla para desmenuzar su fondo matemático y convertirla luego en oro o en hielo... Sorprende la vitalidad internacional de una música que nació entre prostitutas, marineros, mendigos y hampones de un sucio barrio de Nueva Orleáns. Ahora la integración racial se efectúa al revés.

Gato Barbieri toca con negros. Ron Carter, famoso contrabajo negro, toca con el pianista vienés Friedrich Gulda. Y Ornette Coleman deja que David Izenzon, contrabajista blanco, colabore con él en su jazz-free. ¿Por qué?.—

Mientras, en el convulsionado Buenos Aires de 1973, el Gato Barbieri hizo un manifiesto público en el diario La Opinión, acerca de su búsqueda: "Lo que estoy buscando es conseguir un sonido auténticamente sudamericano, pero nuestra música folclórica es de origen indio y yo la siento demasiado liviana desde el punto de vista rítmico, por eso quiero una cosa más pesada y me parece válido, porque aquí también hubo exterminio de indios. Desde el punto de vista musical me interesa radicalizar el sonido, reivindicarlo como una manera de expresión actual. Aquí voy a utilizar además de percusión, armónica, quena, charango y arpa guaraní y después en el Brasil pienso grabar con una escola de samba, agarrar siete u ocho tipos y tirar una cosa también fuerte. Quiero que la música hable de lo que pasa en Sudamérica.

Es así que surgieron conmovedoras versiones de El arriero, de Atahualpa Yupanqui, con su estribillo entonado por el Gato ante una numerosa concurrencia en el Festival de Jazz de Montreaux, Suiza, que escuchó con frenética insistencia, repetir: "las penas son de nosotros... las vaquitas son ajenas", frase subrayada por los poderosos y ácidos rugidos de su saxo tenor, en un clima caliente al máximo.

El interés que provocó Barbieri con su obra también volvió la atención de los aficionados hacia su saxo tenor, que lo ubicó segundo, a sólo sesenta y cinco votos de su admirado Sonny Rollins, en la polla de la revista Jazz Forum, de la Federación Internacional de Jazz, en el período 1974-75.

Títulos como El Pampero, Viva Emiliano Zapata y Milonga triste fueron familiares en su repertorio, que abarcó cinco capítulos latinoamericanos en diferentes discos. Quedan registros muy valiosos junto al prematuramente desaparecido pianista argentino Jorge Dalto, como Yesterdays y A John Coltrane Blues, al lado de placas orientadas hacia la música pop, como Caliente, Ruby, Ruby y Trópico.

Nostalgia rosarina

La lista de músicos que acompañaron al Gato a lo largo de su prolífica etapa incluye tanto nombres locales como internacionales, abarcando a Ricardo Lew, Adalberto Cevasco, Antonio Pantoja, Amadeo Monges, Domingo Cura, Raúl Mercado, Airto, Lonnie Liston Smith, Mtume y Stanley Clarke.

En la actualidad, con base en Nueva York, Barbieri sigue en actividad, con presentaciones en el mítico Café Blue Note y viajes diversos. En una de sus giras, cuando tocó en un club cercano a Miami, se volvía solitario, al terminar una actuación un tanto accidentada, en la que había discutido con espectadores que hablaron irrespetuosamente durante el show.

Ya iba a subir a la limusina que lo estaba esperando, pero bastó que un gru-po de argentinos le gritaran: "Gato, ¡Viva Newell s!". Y demoró por la charla, en una hora, su regreso al aeropuerto, volviendo nostálgicamente al fútbol, a Rosario y sus años formativos.

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